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La del espejo

Hace un par de días me paré frente al espejo, no parece nada extraordinario, pues como en la vida de casi todos, es algo que hago con regularidad. Me encuentro en su reflejo mientras me cepillo los dientes o el cabello. A veces me veo en él de reojo mientras camino, pero todo es tan de prisa que no presto mucha atención.

Está vez, sin embargo, el reflejo jaló mis ojos como imán al metal. Me di cuenta de que la imagen del espejo no era la que mi memoria guardaba de mí. Me detuve y me observé. Mi piel había tomado un ligero aire de madurez y en el proceso difuminó un poco la luz natural que noblemente regala la juventud; mis mejillas eran un poco más grandes que antes -no sé si esto último sea culpa de los años o de la pandemia, que con sus cuarentenas me puso mucho tiempo en la cocina.

Las ojeras que llegaron temprano a mi vida, mitad genética y mitad vivencias e insomnios, se mantenían intactas gracias a la falta de sueño que viene con la maternidad.

Curiosa inspeccioné cada parte de mi rostro hasta llegar a las pupilas en donde encontré mi sorpresa mayor: mis ojos grandes brillaban. No es que nunca lo hayan hecho, pero era un brillo diferente, se percibía estable y feliz. Algo inesperado para quien durante 34 años han definido como «la de la mirada triste», aunque estuviera contenta o enojada.  Sonreí del alma para afuera.

Pasé mis dedos por el cabello. El lunar de canas, herencia de mi madre que llevo desde los 21 años, seguía ahí imponente (aunque oculto bajo el flequillo improvisado producto de los días de encierro pandémico) había incluso convertido algunos cabellos que, hasta hace un año, eran marrones.

Mis manos a las que lavo y pongo crema compulsivamente desde que era pequeña, salvo por la resequedad que deja el desinfectante que nos vemos obligados a usar en este tiempo, eran las mismas.

Me vi completa. Mis pechos, antes de firmeza militar, tenían la huella de la gravedad y la lactancia y mi abdomen alojaba tres estrías. El cuerpo que mis pies sostenían era el único cambio del que había llevado un registro consiente, pues meses atrás albergaba vida en él y mientras eso pasaba, mis ojos no podían alejar la mirada de esa panza que dentro llevaba la magia del universo. La figura que en el destello de mi juventud entraba en una talla 34, era ahora un artístico cuerpo renacentista que ocupaba una 38-40. Sonreí más.

Me pareció alucinante que pese a verme en el espejo cada día, las prisas, los placeres y deberes no me permitieron vivir esos cambios en tiempo real.

La del espejo era yo. Ya no quedaban huellas visuales de la niña o jovencita que fui, aunque internamente siempre están ahí y de vez y en cuando se manifiestan. Y no, no, es que la juventud se haya ido, pero en la etapa en la que vivo las trasnochadas se pagan por días y los más jóvenes se refieren a mi como señora.

Me contemplé y vi todo lo que mi cuerpo me ha dado, a donde me ha llevado y lo que me ha regalado. Me sentí agradecida por el mapa que la vida dibujaba sobre mí y actualicé la imagen de mi memoria. Seguramente en una década o menos, los cambios llegarán arrasadores, y como hoy lo hago, los abrazaré y caminaré orgullosa con ellos.

A. Rodríguez.

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