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Decir no en tiempos de pandemia

No es de sorprenderse que tras más de un año de pandemia los ánimos estén un tanto agotados. El hastío está ahí, a veces discreto y otras revelador, pero se ha vuelto un fiel compañero.

Poco a poco surgen nuevas situaciones que alimentan este conocido “estrés pandémico”. El cansancio físico de solventar más de una cosa al mismo tiempo: trabajo, casa, hijos, hobbies; las demandas de emplear este tiempo “extra” de manera sabia y un extenso y abrumador etcétera.  Entre todos esos disparadores de estrés, hay uno del que poco se habla y mucho agobia: el estrés de decir no.  

Que cosa más estresante puede ser el tener que decir no cuando quieres decir sí. Frenar un encuentro del que se tiene no solo ganas, si no necesidad. Pero pandemia. Son tiempos de cuidarse y de cuidarnos, esta demanda, aunque global, resuena de manera diferente en cada individuo, respondiendo cada quién a sus propio riesgo, necesidad o necedad. Hay quienes se muestran indispuestos parcial o completamente a modificar su día a día y hay quienes, por motivos varios, no tienen otra elección; hay quienes también están en el punto medio.

Decir no fue sin duda uno de los retos más grandes del ya clausurado 2020 y este 2021 arranca igual. No a los encuentros con los amigos, no a las comidas fuera, no a las citas de juegos para los niños. ¡Que desafío!

Por supuesto estas restricciones varían mucho dependiendo del lugar geográfico en donde uno se encuentre. Seguramente las medidas son distintas en Latinoamérica, que en Europa.

En mi lugar, Alemania, vivimos un “Lockdown” parcial que poco a poco se endurece. Los encuentros se reducen a un hogar más uno, las escuelas están cerradas y las guarderías reciben niños cuyos padres son “relevantes para el sistema”.

Vivo con mi esposo y mi pequeño hijo de 15 meses en un departamento, como casi todos en Berlín. Tenemos la fortuna de contar con unas simpatiquísimas vecinas que viven en el piso de abajo, con quienes además llevamos una muy buena relación. Es una pareja con dos hijos, ambos un poco más grandes que el mío.

Las noches veraniegas y los números bajos de contagios esos días, permitieron que compartiéramos un rato con nuestras vecinas. Bajamos con los respectivos monitores de bebé a la entrada del edificio y en la banca que hay a un lado, tomamos una copa – con vino o jugo, dependiendo el caso.

En esa cálida época del año llegaron nuevos vecinos justo frente a nuestro departamento, puerta a puerta. Una pareja en similares circunstancias que nosotros: matrimonio bicultural, recorriendo los 30 años y con un pequeño un par de meses más joven que nuestro hijo.

Para mi pequeña familia y para mí, el abrumo de decir no arrancó con la pandemia. Limitábamos nuestros encuentros al exterior con la banal esperanza de que esto terminara pronto. Así que cuando alguien incitaba una reunión, nosotros nos apurábamos a sugerir algún lugar sin paredes de por medio. Era llevadero pues no muchos osan de perderse las pocas semanas con seguro de buen clima.

Las invitaciones empezaron a acorralarnos cuando el invierno duro llegó y con él más restricciones.

Cada coincidir en las escalaras del edificio era ocasión para que las vecinas de abajo planearan la próxima reunión: comida, cita de juego, cena, vino… era igual, ellas buscaban un poco de contacto social.  

No miento cuando digo que ya no las quería topar. ¿Qué les íbamos a decir? las excusas/razones se terminaban. El bebe ya no toma leche (por aquello del vino), no trae ningún virus de guardería (porque no hay guardería) y a él le encanta jugar con otros niños. Después de 5 veces decir no, ¿qué se hace?

El clímax del agobio llegó con los días que inauguraron el nuevo año. Con guarderías cerradas por semanas y los pequeños encerrados en casa -cargados de la energía propia de la niñez- los padres buscamos alternativas para aligerar los días. Los nuevos vecinos de enfrente mandaron una hermosa tarjeta a mi pequeño invitándolo a jugar. Las chicas de abajo enviaron un WhatsApp en donde podíamos elegir entre dos días para que nuestros hijos jugasen. Algunos amigos del barrio -con y sin hijos – sabiendo que todos estos meses nuestra vida social ha sido mesurada o nula, nos invitaron o se invitaron a casa. Todo pasó en 4-5 días.

Eran invitaciones a compartir el tiempo con gente preciosa. El sí se nos quedaba clavado y ansioso en la garganta. Queríamos decir sí, pero teníamos que decir que no. ¿Cómo se dice que no sin que se interprete como desinterés? ¿Cómo nos convencemos a nosotros mismos que en este tiempo y con nuestra situación de familia, es lo que nos queda hacer?

Nos emocionó y conmovió ver el entorno tan bello que tenemos, pero también nos puso en una encrucijada. Las preguntas nos ataladraron: ¿Nos encontramos con alguien? Si, sí, ¿a quién vemos? Porque por las razones que ya todos conocemos y que alucinamos, no podríamos encontrarnos con todos.

En las noches, cuando había oportunidad de conversar, mi pareja y yo buscábamos soluciones sensatas a los hitos que nos traía el COVID. Con un pequeño en pleno crecimiento y aprendizaje y la cuarentena que cada día se hace más larga para él, quizás era momento de extender un poco nuestro núcleo familiar. ¿Pero en qué dirección? ¿Con los amigos de toda la vida? ¿con aquellos que conocemos hace menos, pero con quienes compartimos tanto? ¿o a los buenos vecinos dispuestos siempre?

Esa conversación se repitió algunas noches sin que la claridad llegara. ¿Cómo se puede elegir qué relación se va a alimentar con encuentros caseros? ¿y a cuáles les toca sobrevivir con caminatas tan largas como lo permita la piel frente al frío alemán, o con las herramientas de la bendita tecnología que nos salva de la distancia y del encierro con audios de 10 minutos y videollamadas interrumpidas por las tareas diarias?

Han pasado 11 meses desde que la primera cuarentena llegó a donde habito. La gente aquí y en todas partes del globo estamos urgidos de salir y respirar sin filtros de por medio, de repartir esos abrazos que tanto hemos guardado, de responder con un llenísimo sí a cada invitación; de pasar los días y las noches acompañados de la gente querida sin que la cercanía parezca amenaza; de desplazarnos a placer y llenarnos los pulmones sin miedo.

Pero ahora lo que tenemos es esto, el anhelo, la promesa de la primavera y de la vacunación.

A. Rodríguez.

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